PRIMERA ENTREGA: CAPÍTULOS 1 Y 2

SEGUNDA ENTREGA: CAPÍTULOS 3 Y 4

CAPÍTULO 5

Alberto Furia Sosa, presidente de la Unión Industrial Argentina, se reincorporaba a las reuniones semanales de empresarios, que en este caso era ampliada debido a la crisis sanitaria y económica. Furia Sosa había estado durante un mes y medio fuera de carrera porque había sido uno de los contagiados por el Ubik 20. La reunión, como casi nunca, era tensa. De los presentes, sólo tres personas habían contraído el virus: Carlín Sastre, de la Federación Agraria, y Lito Sallaberry, representante de la empresa francesa Carrefour. Los otros empresarios permanecían indemnes y protegidos por las estrictas normas de seguridad que había implantado el gobierno.

También habían sido convocados para el debate los dirigentes de la Federación de Supermercados y Autoservicios, los miembros de la Mesa de Enlace del campo (Confederaciones Rurales, la Sociedad Rural, la Federación Agraria y Coninagro) y hasta los directores de Carrefour, Cencosud, Coto, La Anónima, Nexus Partners, Walmart, Molinos y La Serenísima.

–Estás complemente loco –le dijo desencajado Rubén Statro, de la Sociedad Rural, a Furia Sosa–. ¿En qué cabeza entra que permitamos que otros jugadores entren en escena? ¿Por qué vamos a atomizarnos y dejar que los pequeños y medianos productores se pongan a discutir el precio de los caños, de los granos, de la leche o de la agricultura, de los aranceles de exportación e importación o de cualquier otra variable que está bajo nuestro control? Puesto en ese lugar, hasta prefiero que el que decida sea el gobierno. Por lo menos, si nos enfrentamos a los políticos, tenemos las herramientas necesarias para torcerles el brazo.

–Si lo pensás un poco, vas a encontrar vos solo las respuestas –respondió Furia sin levantar la voz y en una cadencia muy pausada.

–¿De qué respuestas me hablás? –se metió en la conversación Andrew Stupenengo, que era la voz cantante de las cadenas de supermercados–. ¿Querés que los chiringuitos de los chinos se sienten a esta mesa a discutir a qué precios marcamos los productos? ¿En qué cabeza entra semejante disparate?

Stupenengo se había ocupado especialmente de excluir de la reunión a la Cámara de Autoservicios y Supermercados de Residentes Chinos porque siempre tenía problemas con ellos y este era el momento de cerrar filas. El mundo de los negocios estaba cambiando a una velocidad supersónica. Y la xenofobia siempre jugaba un rol importante.

Sallaberry, de Carrefour, respaldó a Furia Sosa:

–Para ustedes es fácil disponer el control de los precios, total los que ponemos la cara ante los consumidores y nos ligamos las puteadas de la gente somos nosotros. A ustedes no les interesa el tema porque son los eslabones del medio de la cadena de valor. Los productores, el primer eslabón, y nosotros, que somos el último, sí estamos complicados. Los productores, porque reciben dos miserables pesos por sus productos y son estafados sin posibilidad de cambiar la ecuación; y nosotros porque tenemos que poner precios prohibitivos por lo que ustedes cargan en el medio del recorrido. Estoy de acuerdo con Furia Sosa: hay que abrir el mercado a otros protagonistas y así sabremos el verdadero valor de las cosas. ¿Ustedes no son acaso los que hablan de libre mercado? Pero cuando les decimos que el mercado sea el que decida, se ponen como locos –chicaneó Sallaberry al resto de los presentes, quienes no podían salir de su estado de perplejidad. Jamás se imaginaron que la reunión podía ir hacia el lugar a la que la habían llevado Furia Sosa, Sallaberry y Sastre.

Pese a que el debate se ponía cada vez más álgido, Furia Sosa, Sallaberry y Sastre sabían que eran minoría y que no tenían ni la más mínima posibilidad de ganar la discusión y menos aún una votación. Los otros participantes eran mayoría y mantenían la postura intransigente de siempre. Eran los que decidían los precios de lo que se producía y no tenían ninguna intención de cambiar:

–Cuantos menos seamos los que decidimos el valor de los productos, mayor será la capacidad de lobby para disciplinar a cualquier gobierno que nos quiera regular –dijo sin sonrojarse Edelmiro Salas, de Molinos.

Furia Sosa, Sallaberry y Sastre los entendían. De hecho, hasta hacía menos de dos meses, antes de contagiarse con el Ubik 20, pensaban exactamente igual que sus pares. Pero ahora las cosas habían cambiado: ellos querían un mundo mejor, un reparto más justo de la torta. Y el cambio que proponían era tan profundo que Sallaberry no hablaba sólo a título personal; incluso recibía directivas desde París, porque toda la cúpula de Carrefour también se había enfermado de Ubik 20 y desde hacía tres semanas había cambiado radicalmente la política de precios de la empresa en todos los comercios del planeta. Era tan grande e inverosímil la transformación que había sufrido Carrefour para el mundo capitalista que desde las oficinas francesas hasta se estaba evaluando devolver parte del dinero que había recibido del club argentino San Lorenzo de Almagro por la restitución de los terrenos de Avenida La Plata en la ciudad de Buenos Aires. Esos terrenos le habían sido arrebatados a San Lorenzo durante la dictadura militar argentina en 1980, hacía ya 40 años, y luego de años de negociaciones entre el club y Carrefour se había llegado a un acuerdo de restitución gracias al pago de una indemnización millonaria para el supermercado. Un grupo de socios de San Lorenzo había batallado para que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y el supermercado le devolvieran al club los terrenos en los que, hasta 1979, había estado el Viejo Gasómetro, un estadio emblemático para la historia del fútbol sudamericano y que había sido demolido por la dictadura. Los socios, ya a esa altura respaldados por el club, habían tenido éxito después de pagar una millonada de dólares a la empresa para que se hiciera lo que ellos llamaban “la restitución histórica”. Desde Carrefour, ahora, se pensaba utilizar el dinero recibido para colaborar con la construcción del nuevo estadio que pudiera reemplazar al que había sido borrado de un plumazo de la faz de la tierra.

La discusión siguió casi a los gritos. La mayoría que quería mantener el statu quo era abrumadora. No habría forma de hacerlos cambiar de opinión. Furia Sosa les hizo un gesto a Sallaberry y a Sastre, que estaban sentados a su lado, para que se acercaran.

–Cuando termine la reunión no se vayan. Quiero hablar con ustedes en privado –les susurró, mientras Albino Sacalaqua, de Cencosud, explicaba las bondades que la concentración de mercado tenía para el país. Cerca de él, Mario Patricio, de La Serenísima, asentía con vehemencia.

La reunión se diluía sin que se planteara siquiera la posibilidad de votar la propuesta de Furia Sosa. Es más, hasta se llegó a presentar una moción para que se llevara a votación la exclusión de los tres miembros que se habían contagiado de Ubik y que habían cambiado su visión de los negocios. La moción fue rechazada. Furia Sosa agradeció por lo bajo que no los expulsaran porque si lo hacían, lo que estaba tramando se iría al mismísimo demonio. Perdería la posibilidad de llevar adelante el contagio masivo que había pensado y que les iba a proponer a Sallaberry y Sastre. Si no lo hacían, jamás contarían con la mayoría necesaria para modificar las cosas. Estaba convencido de que Carlín y Lito estarían de acuerdo con su plan.

CAPÍTULO 6

El premio Nobel de Literatura peruano la había pasado mal cuando se contagió del Ubik 20. Había estado internado en terapia intensiva en el Instituto Gustave Roussy, de París, con un cuadro grave de neumonía. Pocos daban un centavo por su vida. Pero Mario Vargas Llosa finalmente sobrevivió. Y después de dos meses de internación, recibió el alta.

Cuando salió del hospital fue recibido por dos decenas de periodistas, quienes le otorgaban el rango de celebridad que tanto le gustaba a Vargas Llosa. Las cámaras de televisión y los movileros de los canales de televisión y radios se agrupaban para obtener algún testimonio del novelista y ensayista, pero Vargas Llosa los evitó gracias a la ayuda de la Gendarmería francesa, que los mantuvo a raya y no permitió que se acercaran a menos de 25 metros. Si bien estaba curado, todavía se le notaba en el cuerpo que no la había pasado bien. Su clásica estampa ya no era la misma. Aparecía más encorvado y el rostro mostraba las secuelas de la enfermedad: estaba blanco como un papel y muy demacrado.

El hospital había dado partes diarios sobre el estado de salud del escritor. En el último, además de consignar la buena noticia de que estaba recuperado, se explicaba que Vargas Llosa daría una conferencia de prensa en fecha a confirmar, porque tenía muchas cosas para decirle al mundo sobre su enfermedad. Pese a que el comunicado había sido enfático al explicar que el novelista no haría declaraciones a la salida del hospital, como es habitual, muchos periodistas pugnaban igual por sacarle alguna frase. Pero sólo pudieron tomarlo a lo lejos con las cámaras. Esas imágenes serían el plato principal de los noticieros y los diarios del mundo. Todo transcurría dentro de los carriles normales hasta que un gesto de Vargas Llosa causó una profunda sorpresa: se detuvo pocos segundos antes de subirse al auto que lo iba a trasladar, se paró en el estribo y formó la V de la victoria con sus dedos índice y mayor. Era un gesto que no estaba en el ADN de Vargas Llosa y que había sido denostado en cada una de sus apariciones públicas durante más de 40 años. Cualquier gesto u observación que realizaba sobre el populismo o sobre los movimientos populares levantaban polvareda. Hacía décadas que se había convertido en un paladín del neoliberalismo y hasta había intentado llegar a la presidencia de su país para imponer sus ideas sobre libre mercado y combatir lo que consideraba el principal obstáculo en el desarrollo de América Latina: el peronismo argentino, el chavismo venezolano, el indigenismo boliviano y el populismo global. Que hiciera la V de la victoria, un ademán típicamente peronista, dejó una fuertísima impresión entre los que allí estaban aguardándolo. Incluso entre el público, ya que se llegó a escuchar un insulto en perfecto castellano para dejarle muy claro que esa gestualidad no tenía nada que ver con las ideas de todos aquellos que se habían angustiado por su endeble estado de salud. Segundos después, Vargas Llosa ingresó al auto que lo esperaba y se retiró del hospital con rumbo desconocido.

Dos días después del alta, llegó una circular a los diarios, canales de televisión y sitios web que decía que Vargas Llosa daría una charla pública en Champs Élyssés. Y que sería de acceso gratuito. El escritor dejaba muy claro que convocaba a aquellos “hombres de buena voluntad que luchan por un mundo más justo”. La conferencia comenzaría a las 19 horas del lunes 7 de septiembre.

Ante la propuesta de Vargas Llosa, el Municipio de París organizó un impresionante operativo de seguridad, con corte de calles incluido, porque Varguitas había solicitado que se instalaran pantallas gigantes cada cien metros y durante dos kilómetros, es decir desde Place de la Concorde hasta el Arco de Triunfo, y que el sonido debía ser lo suficientemente potente como para ser escuchado por una multitud que, según los cálculos que el propio disertante había publicado en su cuenta de Twitter, superaría el millón de personas. Francia había salido hacía apenas dos días de la cuarentena obligatoria decretada por el gobierno, por lo que otra de las recomendaciones fue que los asistentes fueran protegidos por barbijos, bufandas o tapabocas para evitar un rebrote de contagios.

Ya todo sonaba raro para la forma de pensar de Vargas Llosa. ¿Multitudes? ¿Gente en la calle? ¿Conferencia abierta y gratuita? Un hombre que había hecho un culto del elitismo y que siempre había seleccionado muy bien a sus interlocutores, de pronto se iba a exponer ante una multitud, justamente en tiempos en donde los chalecos amarillos estaban poniendo a Francia patas para arriba con sus reclamos de mayor justicia social, para que no se tocaran las jubilaciones y hasta exigiendo la renuncia del presidente Emmanuel Macron.

El día de la conferencia, las horas pasaban y lenta pero constantemente una multitud se iba congregando en la avenida más hermosa del mundo. A las 18.30 ya no cabía un alma y el millón de personas que Vargas Llosa esperaba como auditorio había superado por mucho las previsiones. El cálculo de la Gendarmería rondaba el millón doscientas mil personas, que se iban acomodando pacientemente en los lugares habilitados. Muchos de los asistentes, tal como se había pedido, estaban con barbijos, pero la gran mayoría le dio la espalda a esa recomendación. También era verdad que, según el gobierno francés, más del 75 por ciento de la población ya se había contagiado y había generado los anticuerpos necesarios.  

Media hora después de lo pactado, Vargas Llosa subió a un escenario especialmente preparado y recibió una ovación como pocas veces se había escuchado en París. La respuesta del escritor fue nuevamente hacer la V de la victoria con sus dedos índice y mayor de la mano izquierda, para dejar claro que lo ocurrido a la salida del hospital no había sido un lapsus.

La pequeña mesa ubicada en el centro del escenario estaba repleta de micrófonos. Todas las cadenas internacionales se habían plegado a la transmisión. Para que la conferencia tuviera una recepción lo más amplia y horizontal posible, se habían instalado pantallas de traducción simultánea al inglés, al francés, al alemán y al portugués. Todo estaba listo. Todo estaba preparado.

Ante un silencio absoluto, Vargas Llosa se acomodó en la mesa. Pese a que el otoño francés ya se hacía sentir, estaba vestido de blanco, con esas clásicas camisas guayaberas de manga corta. Otras rareza ya que desde hacía años sólo se lo veía con impecables y brillosos trajes de diseño italiano. Se parecía mucho más a un líder caribeño que al afrancesado personaje que había sabido construir durante medio siglo.

Tomó un trago de agua y se echó hacia adelante para comenzar su exposición. Su voz potente y clara se dejó llevar por la emoción y se notó cierto titubeo en sus primeras palabras:

–Hace unos años, con mi hijo Álvaro, convocamos a 16 periodistas, escritores, historiadores y politólogos para llevar adelante un proyecto en el cual creíamos: La explosión del populismo, se llamaba. En aquel momento estábamos convencidos de que el populismo, cualquiera fuera su raíz, era el mal que azotaba a las democracias y sociedades occidentales, especialmente en América Latina. Aquel era un libro de combate, que no tenía nada de inocente y que buscaba darle un cimbronazo a la conciencia de los pueblos para que entendieran que el populismo nos podía llevar a la destrucción. Creíamos genuinamente que estábamos defendiendo la libertad, la democracia, la economía de mercado y la globalización. Tras la desintegración del comunismo, del que solo quedan hoy unos pocos rastros que ya nadie puede ver más que como utópicos, intuíamos que el populismo era el gran enemigo a derrotar porque adoptaba la máscara de la extrema izquierda o de la extrema derecha y ese híbrido lo utilizaba para socavar la democracia, destruir las instituciones y sumir a las sociedades en catástrofes económicas. Decíamos también que el populismo sacrificaba el futuro de la humanidad vendiendo espejitos de colores con un presente efímero de prosperidad. Y que eso era algo inadmisible. Creíamos sinceramente en lo que defendíamos. Pero después de varias semana se internación y de reflexionar detenidamente sobre el particular, entendí que estaba equivocado y que el populismo en realidad apela a instintos arraigados en el ser humano, a lo mejor de cada uno, a lo que de manera general se podría definir como ampliación de derechos e inclusión. Cuando afrontamos una revolución mundial como la globalización y encima nos vemos confrontados por un virus como el Ubik 20, que pone en tela de juicio la subsistencia de la humanidad tal como la conocemos, nos topamos con un futuro incierto, imprevisto. Y en este contexto de crisis, la actitud natural del ser humano es el regreso a la tribu, a unirse por el bien común, a buscar salidas solidarias y no individuales. Con esto no estoy hablando de profundizar el nacionalismo o el chauvinismo, a los que sigo considerando abominables, y males endémicos de las sociedades libres. Me refiero a que llegó la hora de profundizar la democracia para enfrentarnos de una vez por todas a la aparición de las nuevas derechas fascistas y nacionalsocialistas que comienzan a ganar terreno y que se acercan inexorablemente a cosechar algún triunfo electoral que podría ser catastrófico para el mundo. ¿Y desde qué lugar las podemos enfrentar? ¿Desde la soledad del neoliberalismo, desde la injusticia de la meritocracia, desde el dolor que nos genera el reparto inequitativo de la riqueza? No. Debemos hacerlo desde los movimientos nacionales y populares que han germinado en América Latina y que ya es hora que de una vez por todas crucen las barreras del Atlántico y del Pacífico y florezcan en todas las regiones del planeta –dijo Vargas Llosa y levantó la mirada hacia la multitud como si midiera el alcance de sus palabras. Sabía que lo que estaba diciendo podía generar, inclusive, enfrentamientos entre un auditorio variopinto que, seguramente, se había acercado hasta allí para escuchar otro de sus encendidos manifiestos en contra de lo que él denominaba peyorativamente “populismo”.

La multitud escuchaba a Vargas Llosa entre perpleja y extasiada. Se oyó desde algún rincón uno que otro insulto que enseguida fue acallado por chistidos y también volaron algunos trompazo para disciplinar a los díscolos. Vargas Llosa comprobó que sus primeras expresiones alumbraban primero unos tímidos aplausos para luego, lentamente, sumar voluntades que se iban poniendo de pie para agitar sus brazos y revolear los abrigos por sobre sus cabezas como si fueran molinetes. Lo que al principio apareció como una reacción mesurada, fue levantando a los que dudaban y aquellos aplausos casi contendidos se iban transformando en clamor. Fueron tres o cuatro minutos de éxtasis, con Vargas Llosa sentado en su mesita observando como la multitud se iba transformando en una marea humana plagada de emociones. Levantó su mano derecha pidiendo silencio y las voces se fueron acallando, pero ya nadie estaba con ánimo de volver a sentarse.

–Tenemos que combatir también la concentración de los medios de comunicación –dijo–. La globalización y centralización de las comunicaciones en pocas manos son un peligro para la pluralidad de ideas porque los dueños de los multimedios tienden a difundir conceptos miserables y a insuflar el miedo, ya que una ciudadanía asustada es mucho más dócil y maleable. Los diarios, las radios, la televisión y ahora los portales de noticias de Internet debilitan las instituciones democráticas y fortalecen las orgías de los mercados, lo que crea un vacío de contenido de la política. La consecuencia es que mucha gente acepta sin chistar la oferta de soluciones fáciles, se refugia en el odio y la ira contra los sectores más vulnerables y acepta como una verdad absoluta que la clase política integra una trinchera sólo movilizada por la corrupción. Todo esto, por supuesto, respaldado por el accionar de un sistema de justicia venal, que acomoda sus intereses a los de las empresas y multinacionales.

Otra vez el público lo interrumpió con una ovación. Algunos de los viejos admiradores de Vargas Llosa empezaron a retirarse desilusionados por las palabras del octogenario Premio Nobel. Habían ido a buscar sangre y odio, y de pronto se habían topado con otra persona.

–Lo que está pasando en Europa y Estados Unidos –siguió Vargas Llosa– ya se veía venir desde hace tiempo. El libre mercado y la dominación de los países poderosos sobre los subdesarrollados han llegado a límites intolerables. Estoy convencido de que Europa no tomó conciencia clara de lo que podía ocurrir. Y esta ceguera me retrotrae a lo ocurrido entre la Primera y la Segunda Guerra Mundial, cuando la opresión ejercida por los vencedores de la Gran Guerra sobre los derrotados generó un espíritu de revanchismo tal que desencadenó el nacimiento del fascismo italiano y el nacionalsocialismo alemán primero, y el estallido de la Segunda Guerra Mundial una década después. Aquella Europa que se dividía entre amos y esclavos fue la que permitió que prendieran con fuerza los movimientos de extrema derecha que nos llevaron al abismo. ¡Hay que construir una sociedad más justa! –gritó Vargas Llosa–. ¡Y la única salida que tenemos a la mano es construir un capitalismo más humano y respaldarnos en las experiencias latinoamericanas que llevaron a mejorar la vida de las mayorías como pocas veces se ha visto en la historia de la humanidad!

Desde el fondo de la multitud se empezó a escuchar primero tenuemente y luego como un trueno el grito de “!Varguitas, Varguitas!”, tal como se lo conocía cuando todavía era un militante de izquierda, respaldaba la revolución cubana de Fidel Castro y dejaba para la humanidad libros memorables como Conversación en La Catedral o La ciudad y los perros.

–No hay que ser tontos –se recompuso Vargas Llosa y bajó los decibles hacia un tono más didáctico–. La corrupción y el desencanto en la política es lo que provoca que el electorado le abra las puertas de par en par al neoliberalismo. Brasil es un ejemplo a tener en cuenta. Bajo la excusa de limpiar la democracia de políticos corruptos, se montó una farsa electoral que culminó con la elección de Jair Bolsonaro, quien no sólo representa a los sectores del capital especulativo sino que también a lo más nefasto que asoló al continente durante décadas. Nadie puede olvidarse de aquel voto emitido por Bolsonaro durante el irregular proceso de destitución que se le realizó a la presidenta Dilma Rousseff: Bolsonaro, en aquella oportunidad, votó a favor del golpe institucional en honor al Coronel Carlos Alberto Brilhante, quien había sido el torturador de Rousseff durante la dictadura. Ese señor que se animó a semejante apología del delito hoy es el presidente de la séptima economía mundial. ¿Alguien se lo puede explicar? Hoy ese hombre es quien se ríe de una pandemia que está matando a millones de seres humanos. Y todo porque desde la prensa y desde la justicia se montó un show de denuncias armadas por los servicios de inteligencia que hicieron que el ex presidente Lula da Silva terminara preso y fuera de la carrera electoral en uno de los juicios más vergonzantes de la historia de la humanidad. Esa democracia amañada, renga, herida, fue la que le permitió a Bolsonaro alzarse con el poder y destruir en apenas un año las conquistas que el PT había desplegado por Brasil durante más de una década. Como el caso de Brasil podemos mencionar una decena de hechos que están recorriendo el planeta al mismo ritmo que el Ubik 20 nos cubre con su manto de muerte. Porque no sólo le debemos temer a este virus que mata gente. También tenemos que revelarnos y defendernos de otro virus, el del neoliberalismo, que no hace más que sembrar miseria y dejar en manos de unos pocos la mayor parte de las riquezas del mundo. Siento que todos tenemos miedo ante esto que nos está pasando, pero al tiempo que muchos seres caen bajo las garras de este virus atroz, también nos encontramos frente a una oportunidad. Y tal vez sea la última que tengamos para cambiar el mundo y convertirlo en un lugar más confortable. Por eso, proclamo que de ahora en adelante no hay más tiempo para dudas. Hay que ponerse de un lado de la trinchera y gritar: ¡hasta la victoria siempre! –vociferó Vargas Llosa ante el estallido de una multitud que lo aclamaba al grito de “¡liberté, égalité, fraternité!”

Vargas Llosa caminó hasta el borde del escenario, abrió sus brazos y se ofreció al público como un Cristo crucificado. Así nomás, como estaba, intempestivamente se dejó caer sobre la gente, que comenzó a impulsarlo hacia atrás,  como si fuera el líder de los Sex Pistols. Varguitas se dejó llevar por kilómetros en esos brazos que lo levantaban para recibirlo y empujarlo hasta que se perdió en el horizonte. La foto, en el preciso instante en que se lanzaba hacia la multitud, recorrió el mundo en segundos y se convertiría en un símbolo. A los pocos días, ya se vendían remeras por todo el mundo en las que se podía ver la cara de éxtasis de Vargas Llosa cuando era aupado por el público. Por meses no se supo nada más de él. La multitud parecía habérselo devorado. Algunas notas periodísticas consignaron que estaba en Venezuela haciendo trabajo comunitario. La especie nunca pudo ser confirmada.

CUARTA ENTREGA: Capítulos 7 y 8

QUINTA ENTREGA: Capítulos 9 y 10

SEXTA ENTREGA: Capítulos 11 y 12