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“…A Carucha le llamábamos La Cumparsita. Porque no había otro igual. Con su traje oscuro, su sombrero negro de alas anchas para disimular su rostro redondo que le trajera el apodo, su cabellera blanca en sus apenas treinta años de edad y una presencia de ánimo magnífica refrendada por algunas palabras que no estaban en el diccionario de Vinacho ni de Babanin, entraba en los estadios sin pagar. No en el boquense, que era su casa; en los demás. Se dirigía a los controles y agentes policiales con órdenes imperativas:

—¡Usted … , allí!. . . Usted . . . , ¿qué hace allí? . . . ¡Cuídeme esa puerta! … Cada uno con su entrada … Cada uno con su entrada . . . ¡ Usted . , allí! . . . Póngase allí, le digo —y mirando al gordo Maggi, que estaba muy serio asistiendo de espectador a la “organización” de Carucha, le decía:

—Venga conmigo —y entraban los dos.

A veces Maggi llegaba antes a la puerta del estadio y preguntaba:

—¿No vino el señor intendente?

—¿El del club?

—No…, no .. .; el señor intendente…

—no… no sabemos… —respondía el control o portero, confundido.

—Lo voy a esperar…

Al momento llegaba Carucha muy apresurado y le decía a Maggi:

—¿Hace mucho que me espera?…

—No, señor… No, señor… Un momentito —respondía Maggi con genuflexiones.

—Venga conmigo… ¡Permiso! … -y pasaban.

Acaso ninguna haya empardado la carta que se jugó para entrar en la cancha de River Plate una noche en que peleaba el Torito Justo Suárez. Carucha no sabía cómo colarse, hasta que vio a dos señoritas que conversaban con el portero. Paró la oreja, y de pronto interrumpió:

—Señoritas…, ¿les puedo ser útil en algo?

—Vea, señor —expresó una de ellas. —Somos amigas personales del señor Lectoure, quien nos dijo que nos dejaría las entradas en boletería. Vinimos y parece que se ha olvidado… Ahora el portero nos dice que no lo puede llamar…

—¿Puedo confiar, señoritas, en que son realmente amigas personales del señor Lectoure?

—¡Pero señor!. . . El portero escuchaba la conversación.

—No…, les digo…, porque vamos a ir a presencia del señor Lectoure… y no me gustaría que pasaran un mal momento…

—¡Señor! ¡Estese seguro!. . . Llévenos ante el señor Lectoure…

—Muy bien… Vengan conmigo —y tomándolas del brazo pasó con las dos. Adentro las perdió…

También tuve mi clave para colarme. La usaba con amigos del interior o si me encontraba con varios que decidían acompañarme al fútbol. Llegaba al estadio, y mostrando mi carnet, le decía al portero:

—Vengo con la delegación de Trenque Lauquen. —El nombre de esta ciudad suena lindo. Si uno dice Pergamino, Arrecifes, Córdoba, no logra esa sonoridad de Trenque Lauquen. El portero carece de tiempo para reaccionar, ignora a qué viene esa delegación … Y así pasábamos. Pero una noche en que a Rodríguez le dije en la puerta del Luna Park que venía acompañado de la delegación de Trenque Lauquen gritó:

—¡Mi pueblo!

—¡Qué sabía yo que Rodríguez era de Trenque Lauquen!…”

 

Extraído del libro 30 años en el deporte de Editorial Atlnatida, 1951.