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mataLa última imagen de Zinedine Zidane como futbolista fue un cabezazo al pecho de Materazzi. No era aquella la única vez que el francés perdía los nervios en el terreno de juego. A lo largo de su carrera, Zidane fue expulsado del campo hasta catorce veces, once de ellas por roja directa, una cifra sorprendente para un jugador de su calidad y su posición en el campo. Lo curioso es que ese mismo toro salvaje se ha acabado convirtiendo con los años en un técnico amable, educado, tranquilo… y, por todo ello, sospechoso.

De entrada, lo que más sorprende de la liga que acaba de ganar el Real Madrid, la segunda en nueve años, es la facilidad con la que se ha ido ninguneando cada uno de los éxitos del equipo y especialmente del entrenador. No es algo nuevo sino la continuación de una campaña que empezó la pasada temporada. Después de coger a un equipo en ruinas, Zidane consiguió que su Madrid remontara doce puntos al Barcelona y acabara a solo uno, obligando al equipo de Luis Enrique a ganar sus últimos cinco partidos. A continuación, ganó la Copa de Europa. En los penaltis, sí, pero la ganó.

El balance de esos seis meses en el banquillo del Bernabéu debería haberle dado cierto crédito al técnico francés, pero nada más lejos de la realidad. Zidane colocó al Madrid líder en octubre pero nadie le dio importancia, acumuló un récord de cuarenta partidos sin perder que ya nadie recuerda, ganó el Mundialito de Clubes pero aquello pasó sin pena ni gloria y su equipo lleva 64 partidos consecutivos marcando —racha aún abierta— como si él no tuviera nada que ver en el proceso.

ronCuando se quiere hablar bien de Zidane se recurre a la manida «gestión del vestuario». Es lo que tiene el perfil bajo. En cualquier caso, la gestión del vestuario también ha sido elogiable, tanto en lo personal como en lo deportivo. Zidane ha conseguido lo que no había logrado ninguno de sus antecesores: iniciar la transición de la «era Cristiano» sin contar aún siquiera con el sustituto de Cristiano. Regulando sus minutos y ajustando sus ansiedades, Zidane nos ha ofrecido una versión del portugués hasta ahora desconocida: menos egoísta, más decisivo en los momentos clave, con menos necesidad de reprochar cosas a sus compañeros… y todo ello sin dejar de ser un jugador descomunal.

Tras tres años bajo sospecha, Zidane consiguió integrar a Isco. De acuerdo, buena parte de culpa la han tenido las lesiones de Bale, pero no puede ser casualidad que el malagueño haya hecho su mejor año justo a las órdenes de Zizou. Las constantes rotaciones del francés hicieron que se avivaran debates ridículos: una semana, Isco era el mejor jugador del mundo; la semana siguiente lo era Asensio. Los días impares era una vergüenza el poco uso que se hacía de Benzema. Los pares, nadie entendía que un tipo como Morata fuera suplente tan a menudo.

Por supuesto, la culpa de todo era de Zidane. Bien podría haber sido suyo el mérito por mantener una plantilla tan amplia en un estado de tensión competitiva constante, pero alabar a un técnico del Real Madrid parece un placer demasiado culpable… salvo que el técnico en cuestión mande a su guardia pretoriana para arrinconarte en un cuarto vacío. Cuando no se ha apelado a las millonadas gastadas por el presidente —sin duda, la del Madrid es la mejor plantilla que el dinero puede comprar, pero hay que saber hacer uso de ella— se ha apelado a la suerte o a la épica, factores que, al parecer, tampoco tenían nada que ver con Zidane.

c7a3e8a68d3554cb6707eb0ee8affc020287576aSin embargo, repasando los muchísimos goles decisivos que el Madrid ha marcado en distintos partidos a partir del minuto 80, sorprende ver cuántos de ellos vienen de jugada a balón parado. Para ello, hace falta un hombre como Toni Kroos que ponga la pelota allí y rematadores tan eficaces como Ramos, Morata o el propio Cristiano… pero choca que un equipo se líe a marcar goles de estrategia y que el que diseña y entrena la estrategia cada día en Valdebebas no merezca elogio alguno.

Todo ha ido quizá de manera demasiado tranquila, demasiado sencilla. Cuando salían los titulares, el Madrid ganaba. Cuando salían los suplentes, el Madrid ganaba. Cuando llegaba uno de esos partidos —Vigo, Málaga, Granada…— que hacen temblar al aficionado madridista, el equipo dejaba a un lado las maldiciones del pasado y goleaba con contundencia. Eso no genera titulares, pero da títulos. Para rematar, en un par de semanas, el Madrid jugará su segunda final de Champions consecutiva. Nadie, en la historia moderna de la competición, ha conseguido repetir título. Zidane puede ser el primero en hacerlo, pero, por supuesto, el mérito será de cualquier otro.

El triste ocaso de Luis Enrique y su Barcelona

Si en algo han estado de acuerdo todos los analistas esta temporada es en la sensación de fragilidad que transmitían los dos grandes. Es cierto: el Barcelona perdió en casa con el Alavés, se dejó cinco puntos con el Málaga y cayó en Riazor ante un rival que semanas después caería 2-6 frente al líder. Por su parte, el Madrid empató dos veces con la U.D. Las Palmas, con el Eibar en casa y sufrió más de la cuenta en campos como El Molinón, donde ganó prácticamente en el descuento. Con todo, uno ha acabado la liga con 90 puntos y el otro con 93.

Eso vuelve a decir mucho de la competitividad de nuestra liga, competición que los dos grandes se han repartido en doce de las últimas trece ocasiones. Por poner un ejemplo, en 2008, Schuster batió el récord de puntos en una temporada de treinta y ocho partidos sumando 85. Desde entonces, obviamente, la cosa se ha salido totalmente de madre, y, así, es imposible que nadie siga el ritmo a los dos transatlánticos. Lo suele intentar el Atleti —incluso lo consiguió en 2014— pero este año se ha quedado en 78, bastante lejos de los 90 que lograra hace tres temporadas.

1493030849800Si hemos hablado maravillas del Madrid y su entrenador, ¿qué motivos hay para hablar mal del segundo clasificado si solo ha conseguido tres puntos menos? Es una cuestión que va mucho más allá del marcador y del puntaje. El equipo de Luis Enrique fue una caricatura de sí mismo durante buena parte de la temporada, incluyendo un terrible último partido contra el Eibar en el que llegó a ir perdiendo 0-2 mediada la segunda parte.

De las enseñanzas de Cruyff y Guardiola queda poco. Es triste, pero es así. El Barcelona se ha sostenido en la liga porque Messi ha marcado 37 goles, Luis Suárez ha logrado 28 y Neymar ha sumado otros 13. En total, 78 goles entre tres jugadores. Como no han sido los 90 que marcaron el año pasado, el equipo se ha quedado corto. No queda nada de la presión alta, del sacrificio individual, del movimiento constante del balón, del gusto por el centro del campo, del juego con extremos y laterales… El Barcelona se ha enrocado en un continuo «arriba y abajo» en el que se espera que Ter Stegen y Piqué resuelvan atrás y sus tres estrellas resuelvan delante.

Pese a contar con un presupuesto similar al del Madrid, no hay plan B más allá de Alcácer, André Gomes, Digne y tantos otros suplentes incapaces de cambiar un partido por sí solos. Y es que ese es el principal problema del Barcelona: que ya nada se hace en grupo sino que todo es una lucha individual. En un contexto así, los jugadores con menos posibles técnicos quedan mucho más expuestos e incluso expertos en la colocación defensiva como Sergio Busquets parecen continuamente superados por las oleadas del rival.

El principal problema, con todo, ha sido la incapacidad de Luis Enrique para reconocer la situación. La temporada del Barcelona se ha parecido a aquel chiste que contaban en la película El odio, el del hombre que se tira desde una azotea y mientras va cayendo repite a cada piso: «Hasta aquí todo va bien». Solo que lo importante no es la caída, claro, es el aterrizaje, y el fútbol no es una excepción. El Barcelona guarda aún la bala de la Copa del Rey  para salvar una temporada mediocre, no ya en lo estadístico sino en lo estético… y a diferencia de otros equipos, el Barcelona sin estética no es nada. Ese es su discurso y ese es su método. Solo queda encontrar a alguien que lo respete de nuevo.

Tranquilidad incluso para descender

Hasta tal punto ha sido tranquila esta edición de la liga que ni siquiera se ha vivido la típica lucha a muerte por el descenso, con equipos ganando sorprendentemente sus últimos cuatro partidos para salvarse. No, desde principio de temporada se vio que Osasuna, Granada y Sporting de Gijón se quedaban atrás y la dinámica no cambió en ningún momento. Mención especial merece el caso del equipo andaluz que empezó la liga con Paco Jémez, la continuó con Lucas Alcaraz, es decir, con una apuesta totalmente contraria a la inicial, y la acabó con Tony Adams haciendo de graciosete pendenciero y consumando, lógicamente, el descenso.

001146428Tampoco hubo una gran lucha por Europa. Quizá demasiado convencidos de que el Alavés no va a ganar la Copa del Rey y por tanto el séptimo clasificado acabará jugando la Europa League, ni Villarreal ni Real Sociedad ni Athletic de Bilbao parecieron desvivirse en sus últimos partidos por conseguir los puntos necesarios para garantizarse la plaza europea. Las emociones hubo que buscarlas en otros lados: el desplome inesperado de Quique Setién en Las Palmas, el coraje sin fin del Eibar, la capacidad del Leganés para mantenerse alejado del descenso con un presupuesto irrisorio…

En general, todo ha ido según lo esperado y eso no emociona a nadie. No hubo un Tenerife ni un «tamudazo» ni nada parecido. Nadie se salvó con un gol en el descuento. Ha sido, hasta cierto punto, una liga a la imagen y semejanza de su ganador, Zinedine Zidane. Una liga en contención, pendiente de una posible explosión que no acaba llegando nunca. Si se compara con la anterior que ganó el Madrid, aquella que empezó con Mourinho metiéndole el dedo en el ojo a Vilanova, esto parece el paraíso.

Tal vez sirva de lección para muchos. Se puede ganar sin apelar a conspiraciones ni agravios constantes ni rozar la paranoia. El hecho de que el Barcelona haya adoptado una posición victimista al respecto de los arbitrajes en vez de centrarse en resolver sus problemas de fútbol, sin duda le ha tenido que perjudicar. En una liga tranquila, el más tranquilo es el que gana, esto es así. Y mantener la calma, está visto, no es tan fácil como parece.

Columna publicada en la revista española JOT DOWN